“La prevención es la clave para no repetir tragedias”: Nicola Tarque y las lecciones del terremoto en Kamchatka

“La prevención es la clave para no repetir tragedias”: Nicola Tarque y las lecciones del terremoto en Kamchatka

El 30 de julio de 2025, la península rusa de Kamchatka fue sacudida por uno de los terremotos más fuertes registrados en la era moderna (el sexto a nivel mundial, de hecho), un sismo de magnitud 8,8 que también activó una alerta de tsunami. Para quien nunca antes ha leído sobre estos fenómenos, conviene detenerse en las claves físicas, sociales y científicas que explican qué ha sucedido, por qué la comunidad mundial estuvo en vilo y cuáles son las implicaciones de un evento como este.

Hay algo que se debe destacar muy pronto: quedó suficientemente probada la fortaleza de los actuales sistemas de alerta internacionales y la importancia del conocimiento científico acumulado.

Kamchatka se sitúa en el extremo oriental de Rusia, bañada por el océano Pacífico y conocida por su intensa actividad sísmica y volcánica. Está justo sobre la fosa de las Kuriles, una de las zonas más activas del llamado “Cinturón de Fuego del Pacífico”, donde la placa tectónica del Pacífico se hunde bajo la de Ojotsk. Esta “frontera de placas” acumula enormes tensiones a lo largo de décadas que se liberan de forma brusca en terremotos de gran magnitud como el de julio, que tuvo su epicentro a poco más de 100 kilómetros de la ciudad de Petropávlovsk-Kamchatski (165.000 habitantes).

En la región de Kamchatka se produjeron cuantiosos daños materiales: edificios agrietados, carreteras cortadas y decenas de heridos, pero no hubo víctimas mortales directas. La razón se atribuye tanto a la baja densidad de población como a los sólidos protocolos de construcción y emergencia adoptados tras experiencias anteriores.

La inmediata activación de alertas de tsunami en todo el Pacífico abarcó desde Japón y Hawái hasta Centroamérica y las costas de América del Sur. Hubo olas de hasta 4 metros en localidades costeras de Kamchatka y en las islas Kuriles que obligaron a evacuar a miles de personas y causaron inundaciones parciales.

En las horas y días posteriores, la región experimentó al menos 35 réplicas de magnitud superior a 5,0 (con una particularmente intensa de 6,7). Además, la sacudida influyó en la actividad volcánica de la península: el volcán Kliuchevskoi, el más alto y activo de Eurasia, entró en erupción y expulsó cenizas y lava, un fenómeno habitual tras movimientos telúricos de esta magnitud en zonas volcánicas activas.

La baja densidad de población y la localización relativamente remota del epicentro jugaron a favor. También se debe destacar la eficacia de los sistemas de alerta y evacuación, mejorados tras los tsunamis del Índico (2004) y Japón (2011).

Desde el punto de vista científico, el terremoto fue resultado de un proceso conocido como subducción, algo habitual pero impredecible en términos de tiempo y magnitud exactos. Los expertos subrayan que la recurrencia de estos grandes eventos en Kamchatka es esperada, pero sorprendió la rapidez con que se repitió respecto a los pronósticos previos (el último sismo similar allí fue en 1952).

“Dos placas se encuentran en constante movimiento y fricción, y una termina por hundirse debajo de otra. La placa oceánica, que es más densa, se hunde por debajo de la placa continental cuando se produce este movimiento súbito. Esta liberación rápida de energía genera ondas que provocan lo que conocemos como terremoto -explica Nicola Tarque, Profesor e Investigador del Departamento de Mecánica de Medios Continuos y Teoría de Estructuras-. También puede provocar tsunamis porque al moverse una gran masa de tierra debajo del océano de forma rápida, súbita, el agua que está por encima retrocede de las costas y después se acerca con mayor altura”.

Para entender la particularidad del tsunami hay que ubicarnos gráficamente en la zona del Cinturón del Pacífico, remarca Tarque. “Es la zona donde se producen más del 90% de los terremotos a nivel mundial”, informa. “El 80% de esos terremotos son los más grandes de todos. Es una zona de constante movimiento sísmico, con sismos de mayor y menor magnitud, pero siempre presentes. La corteza terrestre se divide en placas tectónicas que tienen que estar en permanente movimiento. Esto inevitablemente hará que se sigan generando terremotos. Se mueven porque la Tierra está viva, porque tiene que moverse internamente. Es un proceso dinámico natural que se basa en la Teoría de la Expansión de los Fondos Oceánicos y en la Deriva Continental”, añade el docente de la Escuela de Caminos de la UPM.

“Las alertas y la preparación son importantes para evitar o amortiguar tragedias como la de Japón en 2011, un sismo de magnitud 9.1 que provocó 18.000 víctimas y tuvo olas de hasta 40 metros de altura”, refuerza Tarque. Antes de ese gran terremoto en Japón hubo una tragedia mayor: en diciembre de 2004, un terremoto de magnitud 9.1 en Indonesia produjo 225.000 víctimas y olas de más de 50 metros de altura.

“Las alertas funcionaron adecuadamente en este caso -destaca Tarque-. El sistema de alertas mejoró mucho después del sismo de 2004 en Indonesia. La Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la Unesco ha perfeccionado los sistemas de alerta con la colocación de boyas que miden las variaciones del nivel de agua en los océanos y detectan si hay un movimiento sísmico en la base”.

Para este doctor en Ingeniería Estructural e Ingeniería Sísmica por la RoseSchool y la Universidad de Pavía es muy importante la prevención, la enseñanza y la educación a todo nivel (escuela, instituto, universidad, sociedad). “Incluso es clave la educación fuera de los ámbitos académicos -argumenta Tarque-. Un método aconsejable son los simulacros, que deberían hacerse al menos un par de veces al año en países con alto riesgo de sismos y tsunamis para que la población sepa cómo actuar”.

Con base en su experiencia en ingeniería sísmica, Tarque considera que el principal reto en ingeniería es la mitigación del riesgo sísmico, que tiene tres componentes: “el peligro sísmico (el terremoto y su magnitud), la vulnerabilidad (qué tan bien están construidas las edificaciones) y la exposición (cantidad de población y viviendas) -enumera-. No se pueden evitar los fenómenos naturales, pero sí que podemos reducir la vulnerabilidad y los riesgos”, remata.

También advierte sobre la necesidad de proteger las construcciones históricas y apela a una referencia muy significativa: “En 2007 el terremoto de Pisco (centro-sur del Perú) provocó la pérdida casi completa del patrimonio construido en el Siglo XVIII en esa zona”, cuenta.

“Tanto la gestión de riesgos como la integración con la ciencia y la investigación son muy importantes porque permiten a una sociedad no retroceder en sus logros, sus avances, les permite ser resilientes. Una sociedad bien preparada logrará que haya pérdidas menores ante eventos como los sismos, eso seguro. Sin embargo, una sociedad no resiliente demorará décadas en recuperar su situación previa al evento.

Hoy, a nivel europeo, ya existe una nueva versión del Eurocódigo que mejora el diseño y análisis de las construcciones sismo-resistentes. Además, es fundamental implementar más y mejores sistemas de alerta temprana de sismos, y aquí la investigación multidisciplinaria tiene un papel fundamental. Hablo de sistemas como los que tienen México, Japón y Estados Unidos, por ejemplo.

Por último, hay que adecuar sísmicamente las construcciones antiguas y protegerlas ante acciones dinámicas, salvaguardando el valor histórico, artístico y patrimonial. Queda mucho por trabajar en la prevención, la mitigación de los riesgos y la educación de la población”, concluye Tarque.

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